En diversos terruños, cada vez más viticultores deciden apoyarse mutuamente para compartir recursos, asegurar sus trayectorias y garantizar la continuidad de sus explotaciones. Asociación, Cuma o bodega compartida: lo colectivo se convierte en un auténtico motor para el futuro.
Contenido:
- Frente común en zonas aisladas
- Un marco flexible
- Fuerza colectiva
- Un escudo contra lo imprevisto
- Herramienta y red de seguridad
- Una bodega incubadora de talentos
- Convicción compartida
Frente común en zonas aisladas
Al margen de las grandes zonas vitivinícolas, la viña no se cultiva en solitario. A finales de 2024, una decena de viticultores del sur de los departamentos franceses de Aveyron y Cantal crearon la asociación Contre-Pente (Contra-Pendiente), presentada a la prensa el pasado enero. “Trabajamos en estos territorios rurales aislados, marcados por prácticas agrícolas a veces en vías de desaparición y donde la viticultura está históricamente poco presente”, explica Pauline Broqua, viticultora del Domaine des Buis en Entraygues-sur-Truyère. ¿El punto en común? “Una visión rural, respetuosa con la vida, con vinificaciones naturales, sin aditivos, o lo menos posible” que tenía dificultades para encontrar su lugar en los marcos existentes. “Ni las denominaciones ni lo ecológico bastaban para expresar nuestra filosofía.”
Un marco flexible
Sin embargo se sucedieron una serie de crisis: heladas en 2019 y 2021, mildiu en 2023, helada negra en 2024. “Ante la acumulación de riesgos climáticos y un contexto geopolítico que fragiliza las explotaciones, se hizo evidente que debíamos organizarnos colectivamente.” Sin encerrarse en un sello rígido, el grupo se apoya en “unas bases flexibles basadas en grandes líneas como priorizar el trabajo manual y empresas de tamaño humano”. Contre-Pente ya está aplicando medidas concretas: una cuvée colectiva para alimentar un fondo de urgencia en caso de problemas, bases de datos compartidas y una comunicación común: logotipo en las botellas, stands conjuntos en eventos locales, etc.
Fuerza colectiva
“Estar juntos nos permite transmitir un discurso coherente donde cada uno puede hablar de sus vinos y de los de los demás, sin borrar la identidad de las bodegas, para ganar en visibilidad y fuerza.” Esta estrategia responde a una necesidad: “las pérdidas de cosecha dificultan el mantenimiento de volúmenes regulares en el mercado.” Hasta ahora informal, la ayuda mutua se estructura para permitir a los clientes encontrar siempre un poco de vino de Aveyron o del Cantal en su bodega. “Sería mentir decir que la asociación ha permitido vender palés de vino de un día para otro.” Sin embargo, el beneficio es moral: “hablar de dinero, de fracasos o de dudas no es sencillo. Aquí no hay juicio ni exclusión.”
Un escudo contra lo imprevisto
En el Valle del Loira, tres grandes heladas en cinco años llevaron a una quincena de viticultores a agruparse en la CUMA (Cooperativa para el Uso de Maquinaria Agrícola) Bourgueil Viti antigel. “Somos varios productores en zonas de alto potencial cualitativo pero muy propensas a heladas, a menudo con relevo generacional asegurado. Necesitábamos una solución duradera”, resume Michel Delanoue, presidente de la estructura y viticultor del Domaine de la Noiraie. Desde 2023, 55 hectáreas están protegidas por aspersión localizada y torres fijas.
Herramienta y red de seguridad
La inversión de 800.000 €, financiada con un préstamo a veinte años, habría sido imposible de asumir individualmente, más aún en un contexto de fragmentación parcelaria. “Acudir a un banco con este tipo de proyecto supone contar con un colectivo estructurado. Un joven viticultor aislado, por muy motivado que esté, tendrá muchas más dificultades para que le escuchen. Además, la CUMA nos dio acceso a subvenciones del 35 %.” Más que un parque de maquinaria, la CUMA actúa como una red de seguridad social: “somos más compañeros que competidores. Los intercambios de experiencias crean una emulación sana, sin una lógica de eliminación de los más frágiles”, añade Delanoue, quien creó su primera CUMA en 1985, con 24 años, para comprar una máquina vendimiadora.
Una bodega incubadora de talentos
En Aubignan, en el departamento francés de Vaucluse, el colectivo se organiza a otro nivel. Desde 2010, Laurent Cornud acoge a una veintena de viticultores del mismo sector en su bodega. “No es un lugar donde se traen uvas para recuperar vino terminado. Necesito ver las viñas, hablar con los viticultores, comprender su proyecto, sus objetivos cualitativos”, explica este enólogo y gerente de LC Vini-Service. Aquí, cada viticultor mantiene el control de su proyecto, pero comparte el espacio en el marco de un contrato de alquiler de la bodega por un año, renovable o no, vinculado a un grupo de empresarios. “Contrato, formo y coordino los equipos. Es una garantía de rigor y homogeneidad. Si cada viticultor interviniera por su cuenta, todos querrían hacer los remontados a la misma hora. Harían falta más bombas, más material… y se volvería a crear una bodega clásica.”
Convicción compartida
La mutualización reduce los costes y los riesgos financieros. Laurent Cornud menciona el caso de un joven viticultor que aún pertenece a una cooperativa, que vinifica pequeños volúmenes, prueba el mercado y prevé aumentar progresivamente antes de, quizás, construir su propia bodega. Las instalaciones también sirven de escuela: “algunos viticultores llegan sin dominar los fundamentos de la vinificación. Son bienvenidos para catar, intercambiar, comprender las decisiones técnicas.” También ha conocido a viticultores en dificultad: “hemos buscado soluciones juntos, a veces incluso fuera de la bodega, para que su estructura siga siendo viable.” Sea para combatir las heladas, comercializar o vinificar, el motor es el mismo. Como resume Pauline Broqua: “las respuestas a las crisis actuales solo pueden ser colectivas.”
Por Florence Jaroniak © Union Contre-Pente
