Una botella ya no se elige únicamente por el consejo de un comerciante especializado o de una guía. Hoy en día, las redes sociales, los creadores de contenido y la inteligencia artificial están redefiniendo el proceso de compra, al ritmo de las pantallas.
Índice:
• La consagración del 2.0
• La ilusión de lo totalmente virtual
• ¿Vender o generar confianza?
• El poder de lo natural
• Lo digital como herramienta
Le sacre du 2.0
La consagración del 2.0
El caso dio mucho que hablar. A finales de 2025, un Sancerre que apareció en un documental sobre Taylor Swift despertó un gran entusiasmo en las redes sociales estadounidenses después de que unos fans lo identificaran. Más que una simple anécdota, este episodio simboliza un cambio de era: la recomendación de un vino puede surgir ahora de una publicación impulsada por las plataformas digitales. El barómetro Sowine/Dynata 2026 confirma esta aceleración. Este año, el 39 % de los franceses declaró haber comprado vino por internet, con un importe medio por compra en aumento (51-70 €), lo que refleja una mayor confianza en el comercio electrónico. Aún más revelador: el 47 % de los seguidores de creadores de contenido concede importancia a sus recomendaciones y uno de cada cinco franceses afirma haber comprado ya un vino recomendado en las redes sociales. La inteligencia artificial también se está imponiendo: el 30 % de los consumidores (y el 58 % de los jóvenes de entre 18 y 25 años) ya la ha utilizado para informarse sobre el vino. Lo digital ya no es solo un canal de compra: está redefiniendo las reglas de la recomendación. Después del posicionamiento en Google, llega el momento de optimizar para los motores de IA. Ya no basta con aparecer en los primeros resultados de una búsqueda. La riqueza y la precisión de la información de un sitio web se vuelven esenciales para ser citado por asistentes como ChatGPT o Gemini.
La ilusión de lo totalmente virtual
«Hace apenas ocho años, la mayoría de las solicitudes se centraban en la creación de páginas web, concebidas a menudo como simples escaparates», recuerda Bastien Delteil, director general y responsable del área de marca de Beewine, agencia de marketing y comunicación. Desde entonces, esas páginas se han convertido en tiendas en línea y las redes sociales se han vuelto imprescindibles. «Muchos viticultores abordaban lo digital con reticencias. Hoy asistimos a una auténtica toma de conciencia», subraya Alexandre Sauzeau, presidente y responsable del área digital. «También están volviendo a una cierta internalización, aunque siguen buscando un acompañamiento estratégico.» Pero las expectativas han cambiado. «Los contenidos muy cuidados, institucionales y centrados en la marca son el mínimo exigido. Lo que realmente genera interacción son los contenidos humanos», añade Bastien Delteil. El vídeo se ha consolidado como el formato rey y mostrar el día a día de la bodega genera más interacción que unas imágenes impecables. «La oferta es abundante; el reto consiste, por tanto, en diferenciarse. Destacar la historia, la personalidad del viticultor y su forma de trabajar constituye un factor clave.»
¿Vender o generar confianza?
Sin embargo, las redes sociales no llenan automáticamente las carteras de pedidos. «En comparación con la publicidad en línea, el retorno de la inversión suele ser menos favorable. Su papel principal es dar notoriedad y generar confianza», matiza Alexandre Sauzeau. A menudo, el consumidor descubre un vino por otra vía antes de comprobar su presencia en internet, donde una página activa, coherente y auténtica refuerza su credibilidad. ¿El error más frecuente? La ausencia de una estrategia. «Muchos publican porque creen que hay que estar en las redes, sin preguntarse qué mensaje quieren transmitir», lamenta Bastien Delteil. En cuanto a la IA, ambos expertos defienden un uso razonado para definir una estrategia o elaborar un calendario editorial. «El vino es un producto de terroir fruto del trabajo de un artesano; resulta difícil defender una imagen arraigada en la tierra comunicando con imágenes virtuales.» Ahí reside la paradoja: cuanto más sofisticadas son las herramientas digitales, más valor adquiere la autenticidad humana.
El poder de lo natural
Émile Coddens, de 29 años, experimentó con estos códigos durante la crisis sanitaria para llegar a quienes ya no podían visitar las bodegas. «Cogí mi teléfono para hablar de mi profesión. Y funcionó», cuenta el viticultor, que hoy reúne a 515.000 seguidores en TikTok. En aquel momento, la plataforma apenas comenzaba y nadie hablaba de vino en ella. «Todos los medios son buenos para comunicarse con los jóvenes, y el vídeo forma evidentemente parte de ellos. Durante mucho tiempo, el mundo del vino se dirigió únicamente a los entendidos. Frente a los cientos de referencias en los estantes, un vídeo con una persona que explica de forma sencilla su trabajo rompe esa barrera.» Su éxito se basa en una imagen muy reconocible, convertida en su sello personal: gorra al revés y chaleco acolchado sin mangas. «En unas redes donde los contenidos se suceden sin parar, ver regularmente la misma cara crea un punto de referencia.» Su método apuesta por la naturalidad: «Grabo con el móvil, sin material profesional. Un vídeo demasiado elaborado vuelve a crear la distancia de la televisión, mientras que una secuencia grabada de forma espontánea, aunque esté algo desenfocada, puede hacerse viral; hay que publicar con sinceridad, sin intentar entender el algoritmo.»
Lo digital como herramienta
Divulgar en 30 segundos cómo se poda la vid o cuál es la función del corcho sigue siendo un ejercicio de equilibrio. «Se trata de hablar a todo el mundo sin infantilizar a nadie, sin tratar a la gente como si fuera tonta ni dar por hecho que es experta.» Su consejo para los viticultores que aún dudan: «Anímense. Elijan a una persona que represente a la bodega y no intenten construir una dirección artística forzada: no copien a los demás, hagan lo que realmente los representa.» Instalado recientemente en una explotación de 3 hectáreas en el Layon, ha reducido el ritmo de sus publicaciones para dedicarse a sus viñedos. En solo dos años, la consecuencia ha sido clara: cerca de 100.000 seguidores menos. «Todo va extremadamente rápido», constata, sin arrepentimiento. «Podría haberme convertido en influencer a tiempo completo y ganar mucho dinero, pero elegí dedicarme al oficio con el que siempre había soñado. Las redes sociales siguen siendo una herramienta; no son mi vida.»
Florence Jaroniak.
©canva.
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