Nunca los concursos de vinos han sido tan numerosos. En un mercado abundante, el preciado galardón sigue teniendo peso en el acto de compra, siempre que garantice el rigor de la selección. Una inmersión entre bastidores de un ecosistema que se reinventa.
Índice:
- Una oferta abundante, un marco estricto
- Demostrar la seriedad de las medallas
- Una experiencia de retorno
- Un trampolín para darse a conocer
- Una medalla que sigue pesando
Una oferta abundante, un marco estricto
Desde el Concurso General Agrícola, creado en 1870, hasta el European Red & Rosé Wine Contest lanzado este año, el panorama de las competiciones vitivinícolas no ha dejado de ampliarse. Francia cuenta hoy con 131 concursos oficialmente homologados. Aunque comparten la misma vocación —distinguir los vinos en una oferta cada vez más extensa—, su multiplicación se explica por una creciente especialización en torno a una uva, un color o un territorio. Para Victor-Pierre Gomez, director de Armonia, organizador de concursos en Europa, los objetivos varían de la escala local a la escena internacional. «No todos se dirigen a los mismos jurados ni a los mismos mercados. La singularidad francesa reside, sin embargo, en un marco reglamentario estricto.» Desde 2013, los concursos homologados deben respetar el anonimato de las catas, la trazabilidad de las muestras y la imparcialidad de los jurados. El cupo de medallas está además limitado a un tercio de los vinos presentados. Algunos concursos se apoyan en jurados 100 % profesionales, como en Mâcon, o compuestos exclusivamente por consumidores formados, como el Concurso de los Viticultores Independientes. Otros apuestan por la complementariedad. «Una medalla debe recompensar un vino que genera consenso», resume Victor-Pierre Gomez. «Los profesionales aportan una garantía de conformidad respecto a las características esperadas de una uva o una denominación; los aficionados encarnan más bien la mirada del consumidor», continúa el organizador, a menudo sorprendido por el nivel de algunos apasionados.
Demostrar la seriedad de las medallas
Para los organizadores, el reto ya no consiste solo en otorgar una distinción, sino en garantizar su credibilidad. «Los consumidores no siempre saben qué hay detrás de los galardones», constata Victor-Pierre Gomez. De ahí un trabajo pedagógico creciente, acompañado de una selección rigurosa de los jurados. En el Concurso Internacional de Lyon, por ejemplo, cerca de 3 000 candidaturas son examinadas para constituir un jurado de un millar de catadores. Los profesionales son seleccionados por expediente, los consumidores aficionados tras una entrevista telefónica de evaluación, completada a menudo por formaciones específicas en puntuación. «Hay que poder demostrar que los vinos han sido catados por jurados competentes y según una metodología rigurosa», subraya el director de Armonia.
Una experiencia de retorno
La época en que el participante recibía un simple veredicto también parece haber quedado atrás. Algunos organizadores apuestan ahora por la transparencia y el acompañamiento. «Entregamos a cada viticultor un informe de cata detallado. Eso le permite situarse respecto a los demás vinos presentados y comprender mejor su resultado», explica Victor-Pierre Gomez. Una forma también de desactivar las decepciones inherentes al ejercicio. «Un vino puede obtener una excelente puntuación sin conseguir medalla cuando el nivel general de las muestras es muy alto», recuerda. Para Laura Balsan, viticultora en el Mas Origine de Montpeyroux, estos retornos ofrecen una perspectiva útil sin cuestionar la identidad de la bodega. «Es interesante saber lo que los jurados piensan de nuestros vinos. Pero es igualmente importante mantenerse fiel a las propias convicciones.»
Un trampolín para darse a conocer
Creado en 2022, el Mas Origine participó desde sus inicios en el concurso de vinos del valle del Hérault. Una apuesta acertada: cuatro cuvées distinguidas en tres ediciones. «Como partíamos de cero y no teníamos ninguna red comercial, eso nos dio un foco de atención», testimonia Laura Balsan, subrayando la importancia del ecosistema en torno al concurso. «Los vinos premiados se proponen en particular en la oficina de turismo y se destacan en acciones de promoción locales. Eso influye en los particulares y en los visitantes que vienen en verano a descubrir las bodegas.» La participación del Mas Origine responde a otro objetivo: «contribuir al reconocimiento de las denominaciones Terrasses du Larzac, Montpeyroux y Languedoc. Es un movimiento colectivo en el que participa la mayoría de los viticultores locales.»
Distinciones a elegir con discernimiento
Entre los gastos de inscripción, el envío de las muestras y la compra de los galardones, participar en un concurso tiene un coste que obliga a los productores a arbitrar sus elecciones. «Nos tomamos el tiempo de identificar los concursos y las puntuaciones más adecuados para desarrollar nuestra red comercial. En Estados Unidos y Canadá en particular, ciertas distinciones pueden ser esperadas», confia la viticultora. Si los aficionados más ilustrados se desmarcan voluntariamente de las medallas para privilegiar el consejo de un sumiller, el consumidor medio en la gran distribución ve en ellas un referente: «su recorrido de compra suele ser rápido y muy subjetivo. Elige la denominación, mira la etiqueta, luego el precio. Y, cuando duda entre dos botellas, la medalla puede marcar la diferencia», observa Victor-Pierre Gomez.
Una medalla que sigue pesando
Las cifras confirman esta influencia. Según un estudio Viavoice realizado en 2022, el 59 % de los compradores declaran prestar atención a la presencia de una medalla al elegir una botella. Para el 85 % de los franceses, es una garantía de calidad, tranquiliza al 76 % de los compradores y puede desencadenar la compra en el 70 % de los casos. Cerca de seis de cada diez personas consideran incluso aceptable pagar más por un vino premiado. Las Vinalies, organizadas por la Asociación de Enólogos de Francia, apuntan además a un incremento medio de las ventas del 33 % para sus laureados en 2024 y 2025. Según Laura Balsan, la medalla se inscribe no obstante en un conjunto. «Los consumidores son ante todo sensibles a nuestra historia. Luego, a nuestros compromisos medioambientales en ecológico y a la noción de DOP. Todo ello forma un conjunto coherente.» La medalla ya no es por tanto la única brújula, pero sigue siendo una señal de confianza y una herramienta de visibilidad.
Florence Jaroniak.
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